El día que conocí en Bogotá a Crescencio Salcedo

0
501
Crescencio Salcedo

POR: JAIME RUEDA DOMINGUEZ

Anoche falleció a los 94 años en la ciudad mexicana de Mérida (estado de Yucatán) donde residía desde 1988, el cantante mexicano Tony Camargo (1926-2020), quien hace 66 años grabó con la orquesta de Chucho Rodríguez la icónica canción decembrina ‘El año viejo’.

El 15 de febrero de 2014,  Antonio Camargo Carrasco, su verdadero nombre, estuvo por primera y única vez en Colombia y tenía que ser en Barranquilla en la apertura del “Carnaval Internacional de las artes”, acompañado por la orquesta de Hugo Molinares.

En esa oportunidad cantó un selecto repertorio de nuestros porros, entre otros, Playa blanca (de Pacho Galán), La llorona loca  (de José Barros), El cafetal y El año viejo de Crescencio Salcedo.

Tony Camargo en Barranquilla hace 6 años en el Carnaval de las artes.

En su visita Camargo contó que en 1953 en un viaje que hizo a Caracas halló las partituras para piano del gran Crescencio, entre ellas las de ‘El año viejo’.

“Yo llegué a Venezuela en 1952, contratado por la orquesta de Luis Alfonso Larraín. Me iba a quedar un mes o dos máximo, y terminé quedándome un año y diez meses”.

Al regresar a México grabó los porros de Salcedo. El disco salió al mercado en septiembre del 53, pero solo un año después ‘El año viejo’  se volvió un éxito para la posteridad.

COMO CONOCÍ A CRESCENCIO SALCEDO 

Crescencio Salcedo Monroy nació en Palomino, Bolívar. Nunca asistió a la escuela y fue un autodidacta, dedicando su vida a la música popular y a la fabricación de gaitas y flautas, que interpretaba con destreza en las fiestas del pueblo.

El 15 de enero de 1972 yo viajé a Bogotá a estudiar Economía en la Pontificia Universidad Javeriana de la Compañía de Jesús, propietaria del Colegio San José del cual soy egresado.

En la capital vivía en el tradicional barrio la Soledad en la Cra 25 No. 39B-28, en la casa de mi tía Eugenia Rueda de Malfatti.

Todas las mañanas caminaba hasta la Javeriana, en la Kra 7a. con 45, en el mismo sitio donde todavía está medio siglo después, al lado del Parque Nacional.

Era casi una rutina ver en el Park Way de la 22 al ex presidente Mariano Ospina Pérez, quien residía en una casa de ladrillos rojos de dos pisos, con su esposa doña Bertha Hernández, famosa por su columna  “El Tábano” que escribía en el diario La República.

El ex mandatario tenía siempre un agente de la Policía apostado en la puerta de su casa, de rigurosa gabardina verde oliva, para del frío.

Después de clases, me gustaba caminar en línea recta por la séptima y rematar mi caminata, generalmente, en el Parque Santander, a un costado del edificio de Avianca y frente al Museo Nacional, sobre la calle 16.

Cualquier día iba caminando sobre los puentes de la 26 y a pocos metros vi venir a un señor sexagenario, de caminar pausado, sombrero vueltiao, de camisa blanca y abrigo gris.

Tenía, además, una mochila de colores terciada al hombro, portaba en la mano una flauta de millo, iba descalzo y me percaté que tenía curitas blancas en los dedos de los pies.

Inmediatamente vino a mi mente juvenil el trabajo discográfico: “40 años de Música Costeña”, que tanto había escuchado en mi casa, grabado en 1967 en las voces de Miguel Lugo Villarreal y Félix Chacuto, con ocasión de las Bodas de Rubí de la Cafetería Almendra Tropical, empresa fundada por los hermanos, Francisco y Zacarías García Castillo, pero que en ese momento era de Celio Villalba Rodríguez. Esa parte dice textualmente.

Crescencio Salcedo, la figura más pintoresca del folclor costeño. Con su típico sombrero sabanero, su mochila llena de yerbas medicinales y sus pies descalzos, viajó un día a Bogotá y causó sensación. Crescencio, un músico nómada, que un día estaba en la Guajira y otro en Pivijay o San Jacinto, había logrado ya extraordinaria fama con una composición, ‘La Múcura’, que recorrió toda la América. ‘La Múcura’ fue objeto de toda clase de arreglos y grabaciones en el exterior. Luego vino su no menos famoso ‘El cafetal’.

Y mientras más me acercaba a él, más me convencía que este era el compositor que describían en el disco de la Almendra.

Pasó a mi lado, lo observé, vi que padecía de estrabismo (detalle que no menciona el disco), pero no fui capaz de abordarlo.

Cómo lamento no haberle preguntado, siquiera, cuánto costaba una flauta, o por qué estaba sin zapatos con ese frio de Bogotá.

Yo seguí mi camino, impertérrito, hacia el Parque Santander y Crescencio se perdió en la distancia.

Hoy, 50 años después, cómo me duele haber desaprovechado esa oportunidad, única, de dialogar con uno de los compositores más grandes que ha dado el Caribe colombiano.

Crescencio vivió sus últimos años en Medellín en donde vendía en la calle Junín los instrumentos musicales que fabricaba. Falleció víctima de un derrame cerebral el 3 de marzo de 1976 a los 63 años.

[Fuentes: Zona Cero, El Tiempo].